- Soy feliz. Jamás me he sentido tan bien, ¿y tú?
- ¿Yo? -Step la abraza con fuerza-. Estoy de maravilla.
- ¿Hasta el punto de llegar a tocar el cielo con un dedo?
- No, así no.
- ¿Ah, no?
- Mucho más. Al menos tres metros sobre el cielo.
Al día siguiente…
Babi se despierta, desayuna, se despide de su madre y sube al coche con Daniela, lista para ir al colegio como todas las mañanas. Su padre se para en el semáforo que hay bajo el puente de la avenida de Francia. Babi aún está medio dormida y distraída cuando lo ve. Apenas puede creerlo. En lo alto, por encima de los demás, sobre la blanca columna del puente, un grafito domina al resto, imborrable. Está allí, sobre el frío mármol, azul como sus ojos, tan bonito como siempre lo deseó. Su corazón se acelera. Por un momento, le parece que todos pueden oírla, que todos pueden leer aquella frase, justo como está haciendo ella en ese momento. Está allí, en lo alto, inalcanzable. Allí adonde sólo llegan los enamorados: «Tú y yo… Tres metros sobre el cielo».
